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    Inicio > Historias > 11-M
    11-M 2004-03-11

    El despertar de hoy ha sido sin duda amargo, gracias los de siempre, que haciendo gala de aquello del "citius, altius, fortius" han decidido superar su marca de sangre. ¿Qué se puede decir? Yo, francamente, me he quedado sin palabras, así que una vez más tomo prestadas las de un ilustre profesor, asesinado por los de siempre, Don Francisco Tomás y Valiente.

    A MI AMIGO MANUEL BROSETA,
    MUERTO DE UN TIRO EN LA NUCA

    Francisco Tomás y Valiente

    Aristóteles comienza el Libro VIII de su Ética a Nicómaco con el siguiente texto:

    Después de esto podríamos continuar nuestro discurso hablando de la amistad. Ésta es, en efecto, una virtud o va acompañada de virtud, y además es lo más necesario de la vida Sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes [ ...]. Cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad de invocar la justicia hay entre ellos, pero aun siendo justos recesitan de la amistad, de manera tal que parece que son los justos los más capaces de amistad. Y es que la amistad no es sólo algo necesario, sino algo hermoso...

    Éste que prologo no es un libro académico al uso, dedicado a un profesor jubilado. Éste es un Liber amicorum ofrecido a la memoria de un profesor, de un amigo, asesinado.

    Manuel Broseta fue un hombre de amigos. Lo fue de todos los que intervinimos en este libro y, desde luego, de muchos más. No trato de hablar en nombre de todos ellos, porque ni tengo poder de representación ni título alguno representativo de tal empresa. Pero por amable invitación de los organizadores del homenaje y por especial acuerdo con Francisco Vicent Chulliá recibo el encargo de evocar a Broseta como amigo, es decir, como amigo mío, lo que ha de dar a mis palabras un inevitable tono personal por el que pido disculpas, porque lo que entre todos queremos recordar no es nuestra respectiva amistad con él, sino su capacidad para la amistad, dicho en términos aristotélicos, pero lo cierto es que ese resultado sólo puede obtenerse por la convergencia de nuestras experiencias personales con él.


    Para embridar emociones y ordenar mis palabras elijo algunos momentos de mi relación con Manolo, el primero de los cuales más que un instante o un episodio es una fase de cinco años, los que duró nuestra licenciatura en Derecho, que cursamos en Valencia, en el viejo edificio de la calle Nave entre 1950 y 1955. La imagen de Broseta que me viene a la mente es, como no podría ser de otra forma, jovial y alegre, la de un estudiante coqueto y “con inquietudes”, frase entonces usual. Tenía una Vespa, hablaba francés, logró, nunca supe cómo, eludir el servicio militar, y los veranos de 1954 y 1955 que los demás pasamos en el campamento de la Milicia Universitaria, en Ronda, él los vivió en Grenoble. Se daba aires de europeísta y francófilo y era en verdad. El comercio es universal y él ya quería ser catedrático de Derecho mercantil, materia en la que tuvimos un catedrático poco admirable, en contra de cuyas recomendaciones Manolo estudiaba el magnífico “Curso” de Garrigues. Por él contestó las preguntas del examen y eso le valió una nota mediocre, pero Broseta era consciente de lo que quería, que era saber y no sólo aprobar con brillantez inútil.

    En el otoño de 1955 se fue a Madrid y comenzó su vinculación personal y académica con Garrigues. Residió primero en el colegio mayor Santa María y después en el César Carlos. Yo me quedé en Valencia, en otro colegio mayor. La empresa de la cátedra era entonces una aventura que abordábamos con más inconsistencia que garantías. Sólo eso explica que yo me atreviera a presentarme cuatro años después de terminar la carrera, en 1959, a unas oposiciones de cátedra única de la Historia del Derecho. Varias personas, entre ellas él, me advirtieron que la cátedra parecía “dada” de antemano en favor de otro opositor. Me atreví y perdí. Con razón o sin ella, que a estas alturas poco importa, pensé que el resultado había sido injusto y estuve a punto de hacer un disparate. Fue Manolo quien me contuvo, me disuadió, me llevó a comer con él al César (junto con Manuel Olivencia, por cierto, que entonces era el director) y me acompañó hasta por la noche: él fue la única persona que estuvo conmigo el día entero de mi derrota. La amistad como compañía. Años después celebramos simultáneamente nuestras respectivas oposiciones a cátedra, él a la de Mercantil, yo otra vez a Historia, ambos con éxito y con sólo seis días de diferencia.

    A finales de 1973, cuatro catedráticos de la Universidad de Salamanca fuimos objeto de un estúpido pero grave, expediente sancionatorio por motivos políticos. Guardo la carta que Broseta me envió y recuerdo nuestra conversaciones de aquellos días. Ahora sólo quiero dejar constancia de que, en otro momento difícil, Manuel Broseta estuvo conmigo, ofreciéndose a todo: a defenderme como abogado, tarea que otros muy ilustres y más precavidos colegas rechazaron; a prestarme dinero si me privaban de la cátedra como parecía probable. De nuevo la amistad como compañía y ayuda.

    Durante la transición a la democracia y después bajo la Constitución no siempre coincidimos en las mismas opciones y preferencias, aunque desde luego que sí en lo fundamental, en la indudable elección del campo democrático. Él siempre en Valencia o en la carretera entre Valencia y Madrid, yo en Salamanca y después en Madrid, mantuvimos frecuente contacto aunque nos veíamos de manera discontinua. Años después, cuando el embajador de Francia en España le impuso la Legión de Honor, formé junto a Alfonso Escámez y Fernando Abril Martorell el pequeño grupo de los testigos españoles a quienes invitó a acompañarle al acto. Otra vez la amistad como compañía, ahora en circunstancias justamente festivas.

    En el universo de los conceptos jurídicos hay una expresión menos acreditada de lo que sería justo: la de amigable componedor. Nadie la ha encarnado tan bien como Broseta, en cuanto político, abogado y persona. Sabía fomentar la concordia, el acuerdo conveniente, encontrando puntos de común interés y acortando distancias entre quienes se hallaban o creían hallarse alejados. Nadie tan poco fanático como él.

    Tal vez por eso tuvo que asesinarlo un fanático. La muerte siempre asombra, pero cuando es fruto intencionado y frío de la mano del hombre produce estupor e indignación. ¿Cómo es posible matar así? ¿Cómo es posible disparar un tiro en la nuca a una persona identificada, pero desconocida, a quien ni siquiera es posible odiar, pues nunca se ha oído el timbre de su voz ni sus palabras? Cualquier seudorazón política desaparece ante el hecho crudo de la mano, la pistola y la nuca ¿Cómo puede hacer eso un ser humano a otro? No busco explicaciones ni respuestas: prefiero quedarme con mis preguntas sin perdón.

    La amistad es necesaria y hermosa. Emilio Lledó ha escrito que “vivimos en el espacio, pero morimos en el tiempo”. De ahí el horror al olvido, segunda muerte inseparable. Después de aquella tibia mañana del suave invierno valenciano, después de aquel disparo, Manuel Broseta ya no es: fue. Paseamos su cadáver por el mismo patio renacentista, presidido por Luis Vives, entre cuyas columnas discutíamos y charlábamos, entre clase y clase, durante los cinco años de la licenciatura. De Manolo Broseta ya no podemos hablar más que en pretérito, siempre imperfecto. Si no lo recordáramos estaría él más muerto y nosotros no habríamos sido sus amigos.

    Una década hace que estas palabras fueron escritas. Quién habría de decirle a Don Francisco que poco después otros habrían de decirlas por él. Permítaseme hacer mío el pensamiento final; hoy sólo podemos decir que Tomás y Valiente fue y ya no es, como su querido amigo Broseta, pero su pensamiento sigue tan vigente y vivo como cuando su pluma y su voz lo expresaban. Hoy, muchas personas han visto truncadas sus vidas; ya no son, pero fueron y siempre serán, en la memoria de quienes les conocieron y amaron. En nombre de ese recuerdo, nos corresponde seguir adelante, manteniendo las preguntas sin respuesta, porque no las hay. De ningún modo. De ninguna manera. Así pues, sólo nos queda decir:

    BASTA YA.

    Enviado por lcapote a las 01:00 | 2 Comentarios | Enlace


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    Comentarios

    1
    De: Anónimo Fecha: 2007-05-24 02:28

    basta ya



    2
    De: banyeruda Fecha: 2007-05-24 02:33

    No creo que nadie tenga derecho a quitar la vida de nadie por muy fuertes que sean sus razones, si todos hicieramos lo mismo no quedaríamos uno vivo , porque siempre hay alguien que te cae mal y alguien a quien le caemos mal , y por que alguien no opine como nosotros ó nos jorobe con sus acciones ... NADA NOS DÁ DERECHO A MATAR ... NADA !!! . Esta gente que mata , la poca razón que pudiera tener ya la ha perdido hace mucho tiempo con todo lo que han hecho y dicho ... Yo personalmente no creo en los políticos y tampoco me gustan , pero no pienso cargármelos ... me resigno y punto ...



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