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    Inicio > Historias > Los Cuentos de Tío Teddy
    Los Cuentos de Tío Teddy 2004-05-02

    De un tiempo a esta parte, el problema de la piratería está dando bastante que hablar, y aunque el asunto viene de viejo, no es menos cierto que la aparición de cachivaches como la red informática mundial, el formato mp3 (y similares) y la salida en serie barata de las grabadoras de compactos (y similares) hace bastante que ha encendido las luces de alarma en un sector como el editorial, del que hace mucho se decía que se sustentaba sobre unos basamentos anacrónicos y al que todos estos avances están situando en una posición cuando menos complicada.

    El caso es que la piratería ha ido ganando con los años en cantidad y en calidad. A las antiguas cintas ha sucedido el compacto con audio directo o con mp3, donde el sonido es idéntico al original. Se copian videojuegos, películas, tebeos, libros… en fin, todo lo que pueda ser susceptible de reproducción asistida y tan generalizada está la cosa, que cada vez más gente con la que uno habla desconoce el hecho de que la copia para distribución sea algo legalmente punible. “Si puedo hacerlo, lo hago” “Si me sale más barato, lo compro pirata” “Es que no está distribuido en España” y un largo etcétera de justificaciones, unas más comprensibles, otras menos. De nada sirve explicar que el autor del trabajo no ve ni un solo euro o que merece la pena comprar cuatro juegos a doscientos compactos vírgenes en los que copiar títulos que nunca se van a disfrutar. Como le dijo a un amigo uno de tantos copistas del #IRC “a mí me da igual que se vayan a paseo las compañías mientras yo pueda bajarme el material”. Luego, sobre la base de un mal entendido concepto de lo que deja de venderse, las editoriales ajustan precios y sacan títulos con menos extras, sin opción de sesenta hertzios, sin doblar al castellano y otras lindezas que acaba pagando el que se compra el título original. El mismo amigo me contaba que algunos fansubers (colectivos que traducen y subtitulan series de anime y tebeos nipones) habían organizado una campaña para decodificar la señal de algunas cadenas niponas de las que sacaban el material, ya que los responsables de las mismas habían decidido obstaculizar la grabación de las series emitidas, que indefectiblemente acababan en la red. La campaña se comparaba con las iniciativas vinculadas a Linux y al software libre, así como a la lucha contra el cáncer. Cuando llegamos a estos extremos, es que hay un problema de comprensión y de los gordos.

    En el otro lado se sitúan entidades gestoras de derechos, personificadas particularmente en la SGAE, que aglutinando los intereses de autores y editores, lleva años luchando una batalla desigual contra el fenómeno de la piratería y digo desigual porque a su poder de imposición de medidas tan lamentables como los cánones se contrapone la imposibilidad de perseguir a los infractores. Su política es la de matar moscas a cañonazos y hacer que paguen justos por pecadores. Matadlos a todos, que Dios sabrá reconocer a los justos. Profesionales de la música, la informática, la literatura y cualquier profesión que requiera ordenador y sistemas de almacenamiento están –estamos- pagando un canon porque claro, los compactos vírgenes pueden usarse para piratear. Tres cuartos de lo mismo para las impresoras, los escáneres y si no se pone coto, para los discos duros… ¿por qué no para la memoria? ¿Acaso desde el colegio no memorizamos poemas, canciones, libros…? Con lo que se saca de canon se intenta compensar lo que teóricamente se pierde con el top manta y similares. Teóricamente, porque los cálculos en los que se basan los responsables de la SGAE son cuando menos cuestionables: un disco pirata vendido no supone necesariamente un disco original que ya no se venderá. Más aún, los críticos con la gestora han sacado cifras para demostrar que un uso bien entendido de la descarga promueve la venta de originales y sobre todo, la asistencia a los conciertos. La respuesta de los representantes de la sociedad no ha podido ser más desafortunada: sí, hay más conciertos pero por culpa de eso, los intérpretes están más tiempo haciendo bolos y no pueden componer. Quizá se les olvida decir que la mayoría de los artistas ganan realmente con las galas y que por cada ejemplar vendido de sus trabajos reciben una cantidad que va entre el 0,5% y el 19% en el mejor de los casos. Con medidas y declaraciones como las precedentes, cada vez es más difícil convencer a nadie de que la piratería está mal: “¿Me cobráis por este compacto que necesito? Pues ahora os j(PIIIP) y pirateo”. Se repite aquel venceréis, pero no convenceréis dicho en circunstancias bien distintas, sólo que en esta ocasión, ni se convence, ni se vence. Adivinen ustedes quién acaba pagando los platos rotos.

    Enviado por lcapote a las 01:00 | 0 Comentarios | Enlace


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