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    Inicio > Historias > Sobre grandes evasiones y monumentales huidas
    Sobre grandes evasiones y monumentales huidas 2006-02-05

    Dando vueltas con el mando durante el domingo, me he topado con una de esas películas que se recuerdan toda la vida: La Gran Evasión. Cine del bueno –pero del de verdad- con un reparto para quitarse la gorra: Steve McQueen, James Garner, Richard Attenborough... un filme al que se debe todo un sub-género dentro del cine bélico: el de las fugas. Épica de la buena en la que hay que quitarse la gorra ante un trabajo que no ha tenido parangón, al menos en la gran pantalla. En la tele, y como casi siempre, gracias a los británicos, estaba La fuga de Colditz, una larga serie en la que se adaptaba la historia del castillo homónimo donde muchos soldados aliados intentaron irse por peteneras y llegar a la frontera con Suiza. Pensaba hablar un poco sobre ellas, pero entre ayer y hoy me encuentro en el periódico y la blogocosa con otro caso de evasión, mucho más real: el más que conocido caso Meléndez-Hevia.

    Poco hay que contar ya sobre la historia del catedrático de Bioquímica. En la bitácora Éthica more cibernética de Teresa González de la Fe, tanto su responsable como el profesor Javier Corzo Varillas han hablado largamente sobre el tema. En los diarios locales ha habido reportajes, entrevistas, cartas abiertas y demás textos, planteados tanto a favor como en contra. Y lo que todavía durará. La última noticia, o mejor dicho, penúltima –porque hoy tanto La Opinión de Tenerife como el Diario de Avisos trataban el tema en sus ediciones digitales- es la prohibición cautelar realizada por la administración competente al profesor Meléndez-Hevia para que siga prescribiendo sus célebres factores uno y dos a sus siete mil pacientes. Su representante legal, el abogado Eligio Hernández, ya ha anunciado la presentación de un recurso de reposición, punto de partida al largo periplo que se inicia en la vía administrativa y culmina en el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas y en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, extremos éstos a los que el letrado ha anunciado que piensa llegar, si es necesario, al tiempo que advierte que mientras esté en vías de recurso, la actividad de Meléndez-Hevia no estará en suspenso. Eso contrasta claramente con la otra noticia del día, donde se plantea que Sanidad puede y podrá incautar el material –los polvos- para evitar que la mentada actividad siga su curso. Personalmente, me inclinaría más por la segunda opción que por la primera, por cuanto lo que parece haber precipitado el movimiento por parte de la administración ha sido la primera aparición –pública- de un caso de reacción al tratamiento. Sea como sea, estamos ante un punto de inflexión, pero ni mucho menos ante el final de una historia de la que pronto se cumplirán dos años.

    Por de pronto, barrunto que los seguidores de Meléndez-Hevia harán causa común para defender al que consideran su benefactor: supongo que veremos cartas al director, nuevos editoriales firmados por periodistas afines, declaraciones de su representante legal y, si me apuran, hasta manifas y manifos pidiendo apoyo y comprensión para el que muchos han dado en llamar el primer Premio Nóbel de Canarias. Y de nuevo quienes, muchas veces predicando a la pared, han luchado por pedir lo mínimo y básico –uséase, pruebas tangibles- estarán ahí. Lo que me parece que no veremos será lo que podría decantar la balanza en uno u otro sentido: datos, estudios y elementos que permitan el contraste. Siempre se ha hecho mención a una patente cuyos datos no aparecen por ninguna parte; la clave de bóveda del proceso parece estar en una fórmula desconocida. Todo queda en manos de un hipotético artículo que próximamente verá la luz, pero que suena a ese “vuelva usted mañana” del cuento. Quizá, aún los propios y más acérrimos defensores de Meléndez-Hevia deberían sentirse aliviados por la apertura del procedimiento: si realmente las cosas son como dicen que son, el sacar a la luz todos los datos revalidará y convencerá a quienes sólo han pedido eso, pues después de todo, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.

    Después de todo lo acontecido, sigo preguntándome cómo personas que yo conozco, buenos amigos de los que sé que tienen formación, cultura e inteligencia, se han dejado seducir por algo que, a la larga o a la corta, no parece tan distinto de las curas-dietas-milagro de costumbre. Quizá la propia respuesta venga de la mano de su creador: Enrique Meléndez-Hevia es Catedrático en Bioquímica y tiene –o tal vez habría que decir “tenía”- una trayectoria brillante en su campo. Es, como dicen algunos, un profesor de universidad, y según el sempiterno argumento de autoridad, no puede estar equivocado. Y ese prestigio y ese nombre parecen haber resistido a ojos de sus siete mil pacientes, al menos hasta ahora. Y otra cosa que también me fastidia, y es que ahora y siempre, esa condición académica le acompaña ahora y siempre cuando sale en los medios de prensa, no por eso, sino porque siempre aparecerá el nombre de la Universidad de La Laguna, y nunca términos elogiosos. Mal que bien, con sus grandezas y sus miserias, la siento un poco como mi casa, donde he pasado casi la mitad de mi vida, primero como estudiante, luego como investigador y luego como profesor. Si dicen que lo bueno dura una generación y lo malo dura eternamente, para las personas que han tratado el “Meléndezgate” la ULL se ha quedado a medio camino. Para los defensores, es el antro de envidias que movió una denuncia falsa contra su mayor y mejor investigador; para los críticos, una entidad que ha sido, cuando menos, tibia para con uno de sus miembros que utilizó sus instalaciones para una actividad privada, contraviniendo la normativa de carácter administrativo. Pase lo que pase, el buen nombre de la Universidad de La Laguna quedará manchado con un estigma que llevará bastante tiempo borrar. Quizá haya quien me corrija y diga, con razón, que una cosa es la institución y otra sus gobernantes; que la una permanece y los otros pasan –son transistores, aves de paso, como decía Cantinflas- pero de cara al exterior, desde fuera de la casa y a través de las ventanas de los medios de comunicación, no hay diferencias entre lo uno y lo otro. Gane quien gane, ella siempre pierde.

    Enviado por lcapote a las 19:40 | 0 Comentarios | Enlace


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