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| El gilipolleo de lo políticamente correcto |
2007-09-07 |
De unos años para acá, el mundo parece estar enfermo del virus de lo políticamente correcto. Empezó con el lenguaje y ahora tira hacia todos los ámbitos de la existencia, intentando dar a la vida un barniz amigable que, una vez decapado, deja visibles las cosas de siempre. Y, como en el nudo sin fin de la Canción de Albión, huyendo del pensamiento único y de las imposiciones de antaño, hemos acabado volviendo al punto de partida, donde una nueva censura bendice o maldice las cosas en virtud de un nuevo dogma, vinculado al relativismo.
Todo empezó con el uro, dice el comienzo de una novela, y en este caso, todo empezó con el deseo de corregir determinado tipo de expresiones que, siendo el español un lenguaje eminentemente masculino, tendían a situar a las mujeres en un plano de inferioridad. Este objetivo, loable e inevitable, acabó convirtiéndose en una suerte de persecución al uso de aquellos términos que fueran o se creyera que iban en masculino, al entender que eran un signo de machismo. Talmente como si llevar según qué prendas o ir a ver determinadas películas ya convirtiera al usuario o al espectador en un degenerado. Así, sin necesidad alguna, hemos acabado incorporando palabros malsonantes como “Jueza” o “Fiscala”, cuando los originales valían para profesionales de ambos sexos (sin embargo, a nadie se le ha ocurrido adoptar el vocablo “logopedo”). Para parecer más mejores que güenos, escuchamos a determinadas personas hablar de “ciudadanos y ciudadanas”, lo que demuestra, no sólo que tienen la capacidad de oratoria de Espinete cuando no estaba poseído por Chelo Vivares, sino un vocabulario limitadito. ¿Tanto cuesta usar términos expresivos como “persona” o “ciudadanía”? Descendiendo ya a los infiernos, tenemos el uso y abuso de la arroba (@), analfabetada suprema que genera hilaridad cuando el arrobado discursero tiene que leer palabras varias que contienen el simbolito. ¿Alguien podría explicar que, por regla general, usar determinadas palabras o no ir por la vida redundando con ellos y ellas, no es prueba incontestable de machismo? Si hay alguien que piensa que sí lo es, felicidades: Torquemada estaría orgulloso de usted.
Luego llegó el turno de los anuncios: si hace veinte años, el top-less de una señorita, en el anuncio de un rifle de agua era sustituido por un amplio biquini, hoy las campañas obedecen a las hiper-sensibilidades de todo tipo de colectivos: un anuncio de OT ofende a los agentes de seguros (pero curiosamente, no a los músicos y artistas de verdad); otro de una franquicia de bocadillos a los campesinos catalanes; los del desadorante AXE van a cabreo por campaña… En determinados campos, hemos pasado del todo vale al arcano arte de cogérsela con papel de fumar. ¿Cuándo se perdió la capacidad para reírse de uno mismo? ¿Realmente eran tan ofensivos esos anuncios? Eso sí, sorprende que por un lado haya tanta celeridad en retirar determinadas cosas, cuando otras campean libremente (léase, cualquier hediondo programa basura emitido en horario protegido, como el repulsivo Aquí hay tomate).
Otra más: la memez suprema de que “todas las opiniones son respetables”. Argumento que sirve tanto para defender a teóricos constitucionalistas de bananato imperfecto, como el enésimo rebuzno paranormal (léase jetas de Bélmez, pseudoterapias alternativas o cualquier sandez parecida). Cuando al que plantea semejante cosa se le plantea si, consecuentemente, opiniones vinculadas al nazismo, el fascismo, la tiranía o el racismo (por poner cuatro ejemplos de libro) son tan respetables como sus contrarias, el discurso suele variar hacia un teórico punto en el que, presuntamente, está la barrera. Ejemplos de esta chorrada se encuentran entre los que intentan justificar el terrorismo poniendo al Estado de Derecho a su nivel o al mismo en igualdad de condiciones con una tiranía cualquiera. Una democracia, con todos sus defectos, estará siempre por encima de una dictadura, por muy fantabulosa que ésta pretenda ser.
Ya en planos más caseros, hay quien reclama para sí un respeto equivalente al del resto de las personas. Todos somos iguales pero ¿esa igualdad es igualmente, valga la redundancia, válida en todos los planos de la existencia? En el laboral, por ejemplo: ¿es igualmente respetable la labor de un periodista científico o la de un corresponsal de guerra, que la de tertuliano comentarista de programa del corazón o la de presentador del “Tomate”? Los que militan en el segundo apartado insisten en que sí. Será que informar acerca de una nueva vacuna o sobre un conflicto militar, tiene el mismo valor e interés social que conocer las memorias sexuales del exnovio de una presentadora televisiva. A veces parece que, con esas pretensiones igualitaristas, colectivos como el de la prensa furcia, digo, fucsia, intentan autoconvencerse de que su trabajo no es la asquerosidad que realmente es. Llámenme radical si así se sienten mejor, pero Aquí hay tomate me parece una montaña de estiércol, y sus responsables unos impresentables sin escrúpulos que venderían a cualquiera en un mercado persa con tal de ganar audiencia. Y Gran Hermano no es un experimento sociológico, sino una olla a presión con cámaras, conducida por una presentadora cuya carrera estaba más que acabada hasta que le ofrecieron este engendro. ¿Pido con esto que se retiren de la pantalla? Pues no, que éste es un país libre. Pero sí pido que no pretendan hacerme comulgar con ruedas de molino y venderme que son algo que realmente no son. Más claramente: su usted va por la vida haciendo gilipolladas ¿por qué se enfada si le llaman gilipollas?
P. D. Por si no se han dado cuenta, esta entrada ha sido escrita en unos términos que no casan para nada con el concepto de lo políticamente correcto. De eso era de lo que se trataba.
P. D. 2. Pocas veces me he quedado tan a gusto después de haber hecho algo… salvo, claro está, cuando voy a plantar un pino.
Enviado por lcapote a las 05:55 | 8 Comentarios | Enlace
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Comentarios
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| De: Maizena |
Fecha: 2007-09-07 19:50 |
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Pues sí, lo políticamente correcto ha llegado a unos extremos ridículos. Cuando el director de mi centro empieza el pobre a leer cualquier papel o normativa que ha llegado tarda el doble por tener que decir "compañeros y compañeras, alumnos y alumnas o profesores y profesoras", en fin, una soplapollez del 15 esto de lo políticamente correcto.
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| De: Teresa/o |
Fecha: 2007-09-07 21:47 |
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jeje, muy bueno, yo uso la arroba con mis estudiantes...
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Yo la guardo para los correos electrónicos, que es su sitio.
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| De: Usi |
Fecha: 2007-09-10 23:54 |
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Vaya, me recomendaron tu blog el otro día y ha sido leer este post (ataque contra el relativismo y lo políticamente correcto, junto a la repelente "todas las opiniones son respetables") y ya me has enganchado. Amenazo con quedarme, quedas avisado.
Saludos,
Usi.
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Mucho gusto, don Usi :) Siéntese y disfrute. Las cotufas están en sobre la mesa.
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| De: Locke |
Fecha: 2007-09-13 16:39 |
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Yo paso de arrobas y uso fanegas
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| De: Ana |
Fecha: 2007-10-03 13:46 |
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En relación con el uso "políticamente correcto" del lenguaje, les ofrezco un fragmento anónimo que creo viene al caso...
[...]
De igual manera me quejo
De ver que un libro es un tomo;
será tomo, si lo tomo,
Y si no lo tomo, un dejo.
Si se le llama mirón
Al que está mirando mucho,
Cuando mucho ladre un chucho
Se le llamará ladrón.
Porque la sílaba "on"
Indica aumento, y extraño
Que a un ramo de gran tamaño
No se lo llame Ramón.
Y por la misma razón,
Si los que estáis escuchando
Un gran rato estáis pasando,
estáis pasando un ratón.
Y sobra para quedar
Convencido el más profano,
Que el idioma castellano
Tiene mucho que arreglar...
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Uy... mi padre recitaba algunas estrofas, y añadía alguna de su cosecha, como aquella según la cual por qué no llamábamos pedante al que se tiraba pedos.
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