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    Inicio > Historias > Anecdotario jurídico II: Los abogados de Roma. Catón y Cicerón.
    Anecdotario jurídico II: Los abogados de Roma. Catón y Cicerón. 2003-03-16

    Los ciudadanos romanos que eran condenados a muerte por causa de traición a la patria, solían ser arrojados a la roca tarpeya. El nombre proviene, según la tradición, de una mujer romana que había franqueado el paso de los guerreros sabinos comandados por Tito Tacio, los cuales se disponían a rescatar a las mujeres de su pueblo que los romanos habían raptado. Los invasores, al parecer gente bastante reacia a eso de la felonía, recompensaron a la infortunada Tarpeya aplastándola bajo sus escudos.

    Dice el Art. 754 del Código Civil que el testador no podrá disponer de su herencia en favor del Notario que autorice su testamento. El precepto establece un supuesto de incapacidad total para evitar una práctica instituida por Cicerón, que ganó veinte millones de sextercios haciéndose nombrar heredero en los testamentos que redactaba.

    Cicerón acostumbraba a publicar los alegatos de los procesos en los que participaba. Sin embargo, existen dudas sobre la relación entre los discursos del gran abogado y sus escritos. Uno de sus defendidos que, condenado había huido a la actual Marsella, dijo al leer lo publicado de su juicio: “¡Oh, Cicerón, si tú hubieses pronunciado de verdad las palabras que has escrito, yo no estaría aquí comiendo pescado!”

    Otro abogado de Roma fue Marco Porcio Catón, apodado el Censor. Encargado de velar por las buenas costumbres, se opuso a la petición de las mujeres romanas de que se abrogara la Ley Oppia, instaurada durante los años de la amenaza cartaginesa y que prohibía al sexo femenino utilizar bienes como los adornos de oro, que se consideraban artículos de lujo. Su alegato, recogido por Tito Livio, venía a decir lo siguiente: “Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de su propia casa, no hubiéramos llegado a este puno. Ahora, henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro. Recordar lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias, cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad qué sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros. Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestros iguales. Al final veremos esto: los hombres de todo el mundo, que en todo el mundo gobiernan a las mujeres, están gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por las mujeres: los romanos.”

    Catón, que ocupó hasta avanzada edad cargos públicos, pidió en 187 A. C. a los escipiones, que regresaban vencedores de Asia, que rindiesen cuentas al Senado de las sumas pagadas como indemnización de guerra por parte de Antíoco de Siria. La petición, aunque legítima, sorprendió a Roma, por cuanto Escipión el Africano gozaba de sumo prestigio. Éste, herido en su amor propio se mostró dispuesto a responder, pero su hermano Lucio, apodado el Asiático, rompió ante el Senado los documentos relativos a esos pagos. Después de varios conflictos, finalmente se echó tierra sobre el asunto, aunque el Africano, amargado, se retiró a Liternum. Catón se lamentó de que por primera vez en la historia de la ciudad, los méritos en combate de un acusado hubieran frenado la acción de la justicia.

    Uno de los principales “enemigos” de Catón el Censor era la influencia cultural proveniente de Grecia. Cuando Atenas envió una embajada compuesta por tres filósofos: Carnéades el platónico, Critolao el aristotélico y Diógenes el estoico y el primero de ellos afirmó en una conferencia que los dioses no existían y que los conceptos de justicia e injusticia eran poco más que simples convencionalismos, pidió y consiguió del Senado la repatriación de los tres diplomáticos.

    Catón es recordado, sobre todo, por una frase: Delenda Carthago est, con la que culminaba todos sus discursos. Era una especie de coletilla según la cual por lo demás, Cartago debía de ser destruida. Aprovechando un conflicto entre la ciudad africana y su vecina Numidia, Roma se tomó en serio la frase de su censor. Éste, sin embargo, no viviría para ver el resultado de su matraquilla, pues cuando Escipión Emiliano, hijo adoptivo del Africano redujo la ciudad a cenizas, el ceñudo guardián de la tradición romana yacía bajo tierra.

    Breve Bibliografía:

    CIERVA, Ricardo de la: Monarquía y República: Jaque al Rey, EUDEMA, S.A., Madrid, 1996.

    ECO, Umberto: Apostillas a El Nombre de la Rosa, Séptima Edición, Colección Palabra en el Tiempo, Editorial Lumen, Barcelona, 2000.

    MONTANELLI, Indro: Historia de Roma, Círculo de Lectores, Madrid, 1996.

    TREFIL, James: 1001 Cosas que todo el mundo debería saber sobre Ciencia, Biblioteca de Divulgación Científica, RBA Editores, Barcelona, 1993.

    Enviado por lcapote a las 06:51 | 2 Comentarios | Enlace


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    Comentarios

    1
    De: Anónimo Fecha: 2008-09-04 22:18

    los hombres romanos mandaban a las mujeres hasta que se puso una ley de no poder manejarlas!!!



    2
    De: Pedro López Azcuénaga Fecha: 2012-07-04 00:21

    Buena la nota. Realmente interesante
    todo.
    El estudio de la historia antigua revela
    situaciones socio-culturales propias, y de
    lo cual sin embargo, surgen enseñanzas
    de gran valor para los tiempos actuales, adecuando el concepto y el compendio, a
    un slogan cultural
    de lo mejor, beneficiando ambientes
    tales como la justicia y el comercio, con
    su aporte sin igual, y que sirve de
    valiosa referencia y patrón de medidas,
    sin deperdicio, logrando una aceptación
    sin remordimientos, con logros aplicables
    al código civil, con convalidaciones con Cicerón, y reconocida es su influencia
    militar y cultural, en la guerra contra
    Cartago.



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