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    Inicio > Historias > Goya en la Celda 211
    Goya en la Celda 211 2010-02-16

    Tenía pendiente escribir algo sobre La Celda 211 desde que la vi, hace ya unos meses, y aprovechando que acaba de arrasar –merecidamente- en la primera ceremonia de los Goya en la que hay que quitarse varias veces el sombrero, me arranco con unas líneas para reivindicar un poco el buen cine y recordar que en aquestos reynos de nuestro Senyor también hay de eso.

     

                Para empezar, tengo que indicar que tuve la ocasión de ver tanto Ágora como La Celda 211 en su momento, y aunque la segunda me gustó mucho más que la primera, salí en ambos casos singularmente satisfecho del cine. Por un lado, porque se demuestra una vez más que aquí puede hacerse cine comercial, y por otro, porque crítica y público se han unido, dejando de lado su tradicional y absoluto divorcio. Ágora es la gran superproducción al estilo de Braveheart o Gladiator, a la que no hay que buscar fidelidades históricas ni interpretaciones epatantes, aunque quizá por eso sus personajes sean bastante planos. La Celda 211 es un drama carcelario que no necesita de la influencia de sus homónimos hollywoodienses, sino que bebe en las fuentes de la tradición y los tópicos de la policía y la delincuencia españolas. Deja para la posteridad un personaje imborrable, el Malamadre, y un “madero” cabrón magistralmente interpretado por Antonio Resines. Pronto triplicará su presupuesto, con lo que la promesa hecha por su director, Daniel Monzón, de contar más historias acerca del Malamadre es más real.

     

                La gala fue, por fin, divertida. Buenafuente hace bien su función en cualquier escenario, aunque a veces el acompañamiento no esté a la altura (un poco patética, la Paz Vega, pero de donde no hay no se puede sacar) y la conjunción con los efectos especiales estuvo bien lograda. Además, parece que -¡por fin!- asumen el peso específico de la animación española, no solamente por el Goya –merecido sobradamente- a Planeta 51, sino por el homenaje indirecto a eso del Pocoyó, que está arrasando en medio mundo. Lo que más me ha gustado ha sido el discurso de Álex de la Iglesia, donde por fin se han arramblado con los lloriqueos tradicionales y se ha dicho lo que tanta gente piensa: que la Academica del Cine se ha mirado demasiado tiempo y demasiadas veces el ombligo.

     

                Se palpa una especie de cambio generacional y, sobre todo, de mentalidad en el cine español. Álex de la Iglesia pertenece a una generación que empezó haciendo un tipo de cine del que los académicos (y los políticos a los que jaleaban) abominaba: el fantástico. Recuerdo la displicencia con la que en algunos medios se despachaba la salida de Acción Mutante. Me recuerda el Juanan la ironía con la que se referían en El País (como decía El Perich, “cualquier tortura es mejor que las páginas de cultura de El País”) a don Álex como “el que hacía los especiales de Inocente, Inocente.” Pero pese a todos estos desprecios, el caballero fue haciendo historia y acumulando película tras película y, sobre todo, éxito tras éxito. Espero que con esto queden atrás las plañideras y las declaraciones oligofrénicas según las cuales el cine español no necesita de niños magos ni de peces que buscan a Nemo. Sí los necesita y, por fin, empieza a abrirles la puerta del reconocimiento académico.

    Enviado por lcapote a las 17:50 | 0 Comentarios | Enlace


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