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    Inicio > Historias > Alabanzas y auténticas razones
    Alabanzas y auténticas razones 2011-02-20

                Publica The Economist una noticia relativa a la infame ley González-Sinde que viene a echar más leña sobre un asunto que sigue ardiendo. El artículo en cuestión es profundamente laudatorio de la aberración jurídica, tildando a los consumidores españoles de “piratas del Caribe” y lanzando una perorata que bien podría haber firmado nuestra ínclita Ministra o cualquiera de los apesebrados voceros de la industria del entretenimiento. En el Reino Unido, como se ve, tampoco faltan amanuenses que, más que escribir, ejercen de mamporreros de ciertos poderes fácticos.

     

                El artículo no deja de dejar patente algo que ya estaba bastante descubierto: que detrás del empecinamiento de González-Sinde y del ejecutivo español de imponer con premeditación, nocturnidad y alevosía una norma que conculca el derecho a la justicia del artículo 24 de la Constitución Española (en su perspectiva de la presunción de inocencia, la exigencia de un juicio justo y de una sentencia motivada) ha venido promovida desde la todopoderosa industria del entretenimiento estadounidense, que sí se ha visto afectada por la piratería. Contaba José Luis Alemán, cineasta responsable de La Herencia Valdemar y de La sombra prohibida en su charla sobre los aspectos jurídicos de nuestro cine, que en la práctica, Estados Unidos mantenía un férreo control sobre las medidas que pudieren llevarse a cabo para restringir la llegada de productos yanquis a favor de la producción propia. Así se justifican circunstancias como el hecho de que el cine de fuera sea proyectado doblado (sobre lo cual, cuentan en los mentideros blogosféricos que es el miedo al “amigo americano” lo que pone doña Ángeles sobre la mesa cuando profesionales del cine patrio le piden que imponga la versión original).

     

                Visto lo anterior, uno no puede dejar de sorprenderse ante la nueva –y grandísima- contradicción que aqueja al séptimo arte en España o, mejor dicho, a quienes decidieron convertirse en vicarios de los Lumiére en la tierra celtibérica (e ínsulas vinculadas). Se pasan la vida despotricando contra los niños magos, los enanos de los anillos y los peces que buscan a Nemo, pero en la práctica son sus más leales aliados, y no tienen inconveniente en sacar la pancarta y concentrarse por la Carrera de San Jerónimo delante de las Cortes para soltar sin atisbo ni rastro de sonrojo alguno esas consignas, increíbles y cenutrias, sobre el futuro de la cultura en España. Luego vienen los llantos contra el malvado cine yanqui y la justificación de unas subvenciones sin parangón (por la forma) y regulación) en los países de nuestro entorno. Todos salen ganando, menos la ciudadanía, que ve recortados sus derechos y los cineastas que quieren salirse de la recua académica, a los que les va a tocar cargar con los sambenitos y los odios con los que la población se refiere a “los de los Goya”. Parafraseando a Mariano Ozores, el cine español vuelve a echar a los espectadores de las salas, pero esta vez es más grave. Hace un cuarto de siglo, se decidió que el ámbito comercial estaba proscrito, tildándose a las producciones patrias en ese campo como cutres. Sin embargo, cuando algún loco de la pandereta decidió embarcarse en ese camino, cuando presentó un producto presentable (valga la rebuznancia) logró el favor del público. Ahora la peña despotrica contra el cine español porque, por lo común, se ha creído el mensaje de que aquí somos unos pobretones sin técnica, oficio ni beneficio, de que no somos capaces de dar al público lo que quiere (y encima, orgullosos de ello, como en aquella sonrojante campaña a la que se prestó incomprensiblemente Antonio Resines, gran actor donde los haya) y porque (y aquí me incluyo) estamos hasta las narices de que una secta que no podría trabajar sin la contribución del dinero de todos nos insulte llamándonos piratas, delincuentes o chorizos.

     

                P. D. Servidor seguirá yendo a ver las películas españolas que le parezcan interesantes, de su gusto y similares, como ha venido haciendo toda su vida. También hará lo propio con las estadounidenses. Y, por supuesto, con las turcas.

     

                P. D. 2. ¿Cómo pagará la industria del entretenimiento a Ángeles González-Sinde los servicios prestados? Espero por su bien que tenga bien provista la cobertura riñonera, hasta el punto de que compense el convertirse en una de las personas más detestadas de este país.

    Enviado por lcapote a las 19:36 | 2 Comentarios | Enlace


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    Comentarios

    1
    De: JP Fecha: 2011-02-20 23:08

    Evidentemente estamos en la parte en la que el perro se muerde su propio rabo después vendrá cuando se queje e incluso pretenda echarnos a nosotros la culpa de sus males. Pero coincido con que hay que tenerlos cuadrados para insultar al público del que evidentemente dependen. Nos queda el consuelo de saber que todas las cagadas terminan por oler y esta empezara a hacerlo en breve.



    2
    De: Juanan Fecha: 2011-02-21 13:18

    "P. D. Servidor seguirá yendo a ver las películas españolas que le parezcan interesantes, de su gusto y similares, como ha venido haciendo toda su vida. También hará lo propio con las estadounidenses. Y, por supuesto, con las turcas".
    Importante aclaración, que ya me cansa ver los blogs llenos de comentarios pidiendo el boicot al cine español por lo de la ley SInde. Si fueran consecuentes, también deberían extenderlo al cine venido de ultramar



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