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    Inicio > Historias > Los Vengadores: Emperador Muerte
    Los Vengadores: Emperador Muerte 2013-08-09

    Título: Los Vengadores: Emperador Muerte

    Formato: Novela gráfica en tapa dura a todo color de sesenta y cuatro páginas

    Autores: (G) David Michelinie (L) Bob Hall (T) Bill Oakley (C) Bob Hall (P) Bob Hall

    Editorial: Marvel Comics / Panini Comics

    Precio: 9,95 euros

    Comentario:

     

    En su política de recuperación de comics de otros tiempos Panini está rescatando obras de las más variopintas calificaciones. Desde clásicos memorables republicados hasta la saciedad hasta obras inéditas, pasando por tebeos olvidados que contaron en el mejor de los casos con una edición en España en la forma de una socorrida conversión a la grapa como especiales o improvisadas miniseries de ese útil cajón de sastre que fue la colección Marvel Héroes. Las novelas gráficas de finales de los ochenta del siglo pasado vieron la luz en nuestro país a través de esos trucos del almendruco. Fórum había apostado fuerte en esa década por el formato y los más viejos del lugar así como los que rebuscan en salones comiqueros, librerías de segunda mano o trasteros poco recomendables tendrán en la memoria aquellas novelas en tapa dura que poco o nada tenían que envidiar a los álbumes europeos. Sin embargo, desde un punto de vista económico la aventura no fue lo que se dice rentable y hubo que esperar hasta 1990 para que las novelas gráficas marvelianas volvieran a publicarse como tales. Entre tanto, el formato ideado por Shooter para lanzar publicaciones según los estándares del viejo continente continuó adelante y albergó proyectos de lo más variado, dando a determinados autores la oportunidad de contar historias más largas y, de vez en cuando, más profundas, con más páginas, mejor papel y una mayor calidad en las impresiones. Uno de los equipos que se embarcó en una labor de esas características fue el compuesto por David Michelinie y Bob Hall, los cuales se encargaron de contestar una pregunta que llevaba veinticinco años pendiente: ¿y si el Doctor Muerte lograra el poder absoluto?

     

    Aunque la novela gráfica menciona en su título a los Vengadores y éstos aparecen bastante en la misma, el protagonista indiscutible de la historia es el Doctor Víctor von Doom. El monarca latveriano ejecuta uno de sus consabidos planes para llevar a cabo una de las tres metas que definieron sus primeros veinticinco años como gran villano de Marvel: dominar el mundo, rescatar el alma de su madre de las garras de Mefisto y ajustar cuentas con Reed Richards. Curiosamente sería en dos novelas gráficas donde lograría cumplir con las dos primeras metas, en tanto que la tercera no se ha saldado con una victoria concluyente (si bien es cierto que el buen Doctor ha sido determinante en algún dilema al que Richards no parecía hacer frente). En Emperador Muerte tenemos ocasión de asistir al ascenso del príncipe gitano como gobernante supremo del planeta Tierra.

     

    Don Víctor se plantea la conquista del mundo de una manera pacífica y usando para ello a la Organización de las Naciones Unidas. Serán los jerarcas terrestres los que le proclamen emperador por unanimidad, de modo que Muerte no tendrá que pegar un solo tiro. Nada difícil si se aprovecha para ello el poder del Hombre Púrpura para doblegar la voluntad de los seres humanos. Namor de Atlantis será una vez más su aliado –y la víctima de sus arteras maquinaciones- demostrando que el  hombre, aunque sea submarino, es el único bicho que tropieza dos veces en una misma piedra. Mientras el rey de Latveria hace de las suyas Simon Williams, el Hombre Maravilla, hace de conejillo de indias en un experimento de Tony Stark, en base al cual debe pasar un mes en un compartimento estanco y desprovisto de cualquier estímulo sensorial. Total ¿qué de malo podría pasar en treinta días? Cuando pasa el período de la prueba Muerte ya es emperador y Williams, que por su fisiología iónica resulta inmune a la influencia de Killgrave, se encuentra con un enemigo en el poder y con unos amigos que, al ser alertados, responden atacándole. Siendo probablemente la última persona libre el Hombre Maravilla decide desaparecer de escena.

     

    El tiempo pasa y el Doctor Muerte pasa las jornadas absorbido por la burocracia que genera el dominio global. Las tropas soviéticas se retiran de Afganistán (no lo harían hasta dos años más tarde, en 1989); el apartheid es abolido en Sudáfrica y su representación ante las Naciones Unidas es asumida por una persona de piel negra (algo que no acontecería hasta 1994 con la victoria de Nelson Mandela); Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Fidel Castro votan a favor del empoderamiento de Doom… Desde un punto de vista histórico la novela es un fiel testimonio de las preocupaciones de la población mundial hace un cuarto de siglo: la guerra fría, la política de bloques, el riesgo de una conflagración nuclear… La Tierra se rige por una monarquía absoluta pero el monarca resulta ser un dictador que ha eliminado el libre albedrío y ha dado en su lugar estabilidad y seguridad. Es la bondadosa figura paternal de varios miles de millones de marionetas. Si se le derroca la humanidad recuperará las libertades de las que gozaba antes de la toma del poder por parte del latveriano pero también volverá a estar al borde de la destrucción. Cuando Williams decide dejar de ocultarse habrá de plantearse cuál de los dos bienes, cuál de los dos males es aquél, son aquéllos con los que la humanidad habrá de pechar.

     

    Releída la novela con la perspectiva que dan veinticinco años resulta paradójico comprobar como, pese a los evidentes cambios derivados de la evolución histórica, la disyuntiva sigue estando presente a día de hoy, con la diferencia de que el poder no está detentado por un tipo con un traje de lata y unos ropajes y modos más propios de la Edad Media y el asunto no se está planteando en términos de intercambio. En nombre de la seguridad hemos ido perdiendo lentamente derechos ganados y pagados a precio de sangre por las generaciones precedentes. Porque es “por nuestro bien” o “porque no se nos puede dejar solos” o “porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” hemos de ver recortadas libertades y servicios vitales. Cuando además se habla de cambiar diversas instituciones –la Justicia, la Universidad, las corporaciones locales…- y se comprueba que el camino trazado pasa por la pérdida de autonomía, de independencia o de cuotas de participación democrática y donde la contrapartida no es la mejora de las mismas sino probablemente la restricción de su acceso en la forma de privatizaciones más o menos encubiertas, queda patente que la disyuntiva entre mayores libertades y mayores seguridades no es tal cuando el poder o quienes lo detentan no se plantean el ejercicio del mismo como un fin –como sucede con el imperial Doctor Muerte de la novela gráfica- sino como un medio para cambiar la sociedad y recordarnos que siempre ha habido clases. Víctor von Doom se aburre en su trono porque en realidad no tiene un plan para gobernar. ¿Conquistar el mundo? Ya está hecho pero ¿y después? Cuando toda la población se pliega al más nimio de sus deseos llega el hastío, pero el gran villano demuestra ser un pésimo estadista al no haberse percatado previamente de que la mayor parte del gobierno consiste en gestionar y llevar a cabo tareas burocráticas. Es lo que tiene ser un personaje de los Cuatro Fantásticos de Lee y Kirby y no uno de El Ala Oeste de la Casa Blanca de Aaron Sorkin, pero no hay que olvidar que estamos ante un cómic de superhéroes concebido como historia cerrada, con todo lo que ello implica.

     

    Desde el punto de vista artístico hay que hacer especial mención al trabajo desempeñado por Bob Hall. El dibujante, secundado a las tintas por Bill Oakley, realiza en esta novela gráfica y en la miniserie dedicada a la fundación de los Vengadores Costa Oeste los que probablemente son sus mejores trabajos. Es esa etapa de los años ochenta una época de proyectos interesantes para Hall, pues también se encargará de los primeros números de la maxiserie del Escuadrón Supremo, precursora en muchos aspectos de Kingdom Come. Poco tiempo después abandonaría el trabajo como dibujante de comics para dedicarse a su otra gran afición, el teatro (o al menos eso cuentan las crónicas de la época). Por su parte David Michelinie, que todavía hoy sigue haciendo cosillas aquí, allá y acullá (sobre todo con Iron Man) hace también un buen trabajo haciendo un uso más que correcto de los personajes implicados y dejando para la posteridad una historia que, sin ser la repanocha en patinete, sigue siendo legible veinticinco años después de su concepción. Nada mal, si tenemos en cuenta que en los tebeos de superhéroes abunda más lo de usar y tirar. En cuanto a comics y en cuanto a autores.

     

    Lee la reseña en Zona Negativa. 

    Enviado por lcapote a las 17:13 | 0 Comentarios | Enlace


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