Cuando se planteó la temática del presente número de Generation el contenido del artículo que iba a aportar estaba claro para mí. Si había que hablar sobre despedidas, era evidente que también tocaba hablar sobre finalizaciones, sí, pero también sobre comienzos. La vida está jalonada de adioses: a las etapas de la existencia: a las aulas del colegio, del instituto, de la universidad; a los compañeros de pupitre que conocimos en su seno, a los familiares que, por ley de vida, nos han precedido en el mundo; a los trabajos por los que vamos pasando; a los amigos que vienen y van; a las parejas con las que compartimos un sentimiento amoroso y el deseo de una vida en común. La vida es eso que pasa mientras hacemos planes en los que tenemos el anhelo de que ciertos momentos se hagan eternos y que determinadas personas no se vayan de nuestro lado. Lo primero nunca se consigue, en tanto que lo segundo es tan poco común que, cuando sucede, es algo doblemente valioso. La vida es, en sí misma, incierta y más aún en estos tiempos interesantes que nos toca contemplar, pero una parte positiva de esa característica es la de las sorpresas que puede darnos. Cada despedida implica un fin y ese fin puede verse continuado de un principio. Solamente en dos casos tenemos la seguridad total inherente a una finalización: la muerte y los impuestos (esto último para el común de los mortales). Todo lo demás plantea un continuará, que hace bueno aquello de evolucionar o perecer, en el sentido de que hay que adaptarse a los tiempos que corren, porque el mundo no espera a nadie. Continúa aquí. Artículo publicado originalmente en julio de 2023.
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